Rocío Montoya | ABRIL
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14 abr ABRIL

Abril ha llegado pisando fuerte, con una buena cantidad de polen en el ambiente y con muchas ganas de desesperarme. Desde hace tres años (creo) la primavera se ha convertido en una estación indeseable para mí, con un montón de contras que me hierven la sangre. Me pongo enferma, dejo de observar el mundo con los mismos ojos ya que estos se deforman por la hinchazón de mis párpados y respiro con dificultad incluso aunque mis fosas nasales doblen su tamaño y me sienta más nariguda que Cyrano de Bergerac.

El calor se empieza a depositar en todos los rincones y el sol riega calles, parques y avenidas inyectando en mi piel un veneno tóxico que se acopla en lo más profundo de mi corazón para alcanzar un deprimente estado de cansancio que no soy capaz de remediar.

Quizás suene exagerado, pero yo no era consciente de la magnitud de la decadencia emocional provocada por la alergia primaveral. Yo creía que se reduciría a un picor de garganta, a algún moqueo nocturno y a unos cuantos estornudos pero no, es mucho más que eso, es como una hecatombe con una media de tres meses de duración interminables…

Aún a pesar de ello, y gracias a los antiestamínicos y a la ingesta de mucha miel durante todo el año, he querido hacer un intento por disfrutar de esta época del año y descubrir la belleza que encierra, entre tanta congestión y decrepitud.

Puedes ver más fotografías de mi diario en Instagram: @rocio_montoya