Rocío Montoya | EL FRÍO
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29 abr EL FRÍO

Con las manos recién enjabonadas, peinas el aire. Ella, que no tiene otro objetivo que darle la espalda al mundo, aprieta fuerte sus nudillos al escuchar tus pasos. Siente cómo la miras y los huesos de sus omóplatos se clavan con fuerza en tu corazón.

La fragilidad vuelve a depositar las yemas de sus dedos sobre tu frente helada. Caminas, te arrastras y los huesos de tus piernas adquieren una pesadez poco habitual.

Ahora respiráis el mismo oxígeno en una pequeña parcela de espacio y tiempo, tu vaho y su vaho se entremezclan en la densidad de un cubículo que recoge tu labios, y sus labios.

El frío huele a madera y en tu cabeza los coches se estampan contra los postes de la carretera. Y hace frío y el frío enfría los cristales rotos de las ventanillas. Congelas los momentos y desinfectas tus miedos dividiéndolos por paquetes en el frigorífico.

No te acercas y ella, ahora, nota como tu congoja se cuela por debajo de los calcetines. Ella solo quiere darle la espalda al mundo, y tú te paras y no dejas ni las huellas de tus zapatos sobre la nieve fría que has sudado mientras la observas.

Así es el frío.

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Me encanta descubrir nuevas fotos entre las viejas fotos. Éstas en particular permanecían olvidadas en un disco duro desde hacía bastante tiempo y las tomé durante una entretenida visita a la sierra de Madrid. Al volver a verlas me entraron unas ganas locas de darle continuidad a uno de mis retratos de la serie Strangers / Nature (en la imagen principal) y envolver esta entrada con la misteriosa y blanquecina ausencia de luz del invierno. No sé por qué en estas épocas del año siempre me entra nostalgia de otras estaciones. El frío pasó a mejor vida en la capital madrileña y ahora comienzan a surgir los primeros brotes estivales, y qué ganas tengo, porque la primavera me deja como un brócoli seco.

Aunque no quiero empezar a hablar otra vez de mi odio acérrimo a las alergias propias de estas fechas y sí quiero hablar del amor. Ése que a veces nos deja sin una triste palabra en la punta de la lengua. Ése que nos hace perder el norte y nos acojona tanto que nos vuelve idiotas. Porque hoy mis fotos narran una pequeña historia de amor incompleto. De amor perdido, de un híbrido entre el invierno y el miedo. De los fantasmas que nos persiguen en sueños y de las cadenas que nunca tuvimos y que echamos de menos. De la libertad como un vacío en la boca del estómago. Y del frío. El frío que se acomoda en nuestros huesos cuando observamos el hueco que provocó nuestro secreto. Porque en lugar de gritar lo que hicimos fue tiritar, tartamudear y sellar nuestro silencio como un bloque de hielo.

Mientras editaba las fotografías sonaban Woods, feliz tarde!