Rocío Montoya | DEEP HOLE
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DEEP HOLE

[O la habitante de la madriguera...]

“Érase una vez un abrupto sendero, un pasadizo perdido entre las malas hierbas que han crecido durante el otoño, un otoño descolorido y exprimido que ha sido regado con las lágrimas de una única habitante, la habitante de la madriguera. La hojarasca araña sus muslos y sus muñecas que, como porcelana, se dejan caer sobre el suelo cuando intenta exhalar el aire aglutinado entre las ramas. Cae la tarde y, con ella, sus recuerdos se dilatan y bombean con fuerza cada fragmento de su cerebro. Porque piensa y le duele, porque llora y le duele, porque se siente extraña y le duele.

En su corazón se han cerrado las persianas y ahora habita una oscuridad aplastante. El espacio es como un laberinto interminable que siempre la conduce al mismo agujero de silencio. Las cadenas son invisibles pero se fortalecen con cada paso, porque sus labios, en un continuo aspaviento malhumorado, han teñido sus poros de un carmín oscuro y denso. Sus pupilas se han encendido con la brutalidad de una eterna espera y, sin decir palabra, unos dientes de leche chirrían entre bocanadas de aire seco. Hoy no escucha ni siente el tacto de las cosas, hoy busca un camino entre las nubes desenfocadas que vislumbra cuando alza la vista hacia el techo de su madriguera. Los topos y las ardillas emigraron al contemplar sus facciones, desencajadas y rasgadas. Abre la boca, grita y no hay nadie. La mesita de madera estaba dispuesta. El líquido de una tetera humeante recién preparada y el aroma a pasteles de ciruelas dulcificaron la atmósfera por unos instantes. ¿Dónde están los niños? -piensa-.

Su vestido de seda fina ha sido reemplazado por la desnudez inocua de sus pechos y, como un gato, se limpia y se relame. Busca con la mirada manos rollizas y mejillas sonrosadas. Aguarda brevemente y los nervios se agarran a la boca de su microscópico estómago. ¿Dónde están los niños? Los niños no vendrán, habitante de la madriguera, los niños no vendrán…”

Fotografías y texto: Rocío Montoya